miércoles, 1 de febrero de 2012

La banca


Si hay tres asuntos que son auténtica dinamita y tienen la capacidad de hacer enfadar a la sociedad, son: la Iglesia, la política y la banca. Hablemos hoy de este último protagonista: la banca, actor antagonista indiscutible de la fortísima crisis económica en la que vivimos.

En esta ocasión, no me voy a centrar en el pasado, sino en el presente. Parte de la culpa que tienen los bancos en profundizar este escenario de crisis pasa porque no facilitan el crédito a las personas. Las arterias por las que circula el dinero están obstruidas. Y papá Estado, ha ayudado a los bancos inyectando dinero público (es decir, del tuyo y el mío) para hacer fluir ese dinero, sin aparente éxito. Sólo dos datos:


  • Con el 1% de todas las ayudas que han recibido los bancos, se podría erradicar el hambre en el mundo.
  • Con el 100% de las ayudas que han recibido los bancos, se podría alimentar al planeta entero durante 600 años.

Además, los bancos nos sangran por todo: por tener tarjeta de crédito, por el simple hecho de tener una suma de dinero (que ni existe físicamente en su mayoría, y además, negocian e invierten), comisiones de apertura, intereses...

De acuerdo, el banco no es nuestro amigo. Es un mal necesario y asumimos su existencia para que pueda funcionar este sistema económico.

Ahora bien, ¿debemos los ciudadanos culpabilizar de todos nuestros males a la banca? ¿O tal vez nosotros hemos hecho también algo mal?

He sido responsable del área financiera de PC City tanto en el año 2008 (inicio de la crisis) como en 2011. Durante mi dilatada trayectoria en esta multinacional, siempre destacó el mismo perfil de cliente: aquel que no llegaba ni a mileurista y, sin embargo, quería financiar unas compras absolutamente prescindibles (productos de gama alta: iMac, reflex, plasmas...). Y no sólo eso, sino que admitía cursar el proceso de financiación con unos intereses del 30% (es decir, si la compra estaba valorada en 2000 €, llegaba a pagar 2600 €; o lo que es lo mismo: 600 €).

Otro ejemplo: las hipotecas y los desahucios. Vaya por delante que tengo corazón: me entristece ver cómo cantidad de familias se quedan sin techo, sin hogar propio como consecuencia del impago.
Pero no sólo hay que tener corazón, sino cabeza. Hay cantidad de parejas que firman hipotecas cuya cuantía es elevada, y asumen como algo natural que un sueldo irá destinado a sufragar dicha hipoteca, y el sueldo del otro miembro de la pareja para gastos comunes. Señores,


  • Las hipotecas, en la mayoría de los casos, llegan a tener una duración de entre 30 y 50 años. ¿Nadie se ha detenido a pensar qué puede ocurrir en tantísimo tiempo?
  • ¿Qué es eso de destinar el sueldo de uno de los miembros de la pareja a una hipoteca? La membrana  del amor es, cada día, más frágil (traducción menos romántica: cada vez duran menos las parejas). 
  • ¿De verdad nos hemos creído que íbamos a ser los nuevos ricos toda la vida?
Evidentemente, muy poca gente puede saldar la hipoteca de una casa de forma inmediata; soy consciente de que la mayoría de los mortales debemos asumir la compra de una vivienda a plazos.

Sin embargo, la crítica va dirigida a esas personas que han nadado en una piscina de abundancia... sin agua. Que han gastado, sin tener. Que han vivido el día de hoy, sin prever el mañana. Hemos vivido en un bonito castillo de naipes, a sabiendas de que al más mínimo temblor, todo se desmoronaba. Y en esa estamos: con las cartas hacia arriba, pero en el suelo.

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