martes, 13 de marzo de 2012

Preguntar



Cuando yo era pequeño, quería ser veterinario. Sin embargo, mi madre no paraba de repetirme con no poca frecuencia aquello de: "¡Qué de preguntas! Haces más preguntas que un periodista". Un comentario repetitivo y, posteriormente, sabido premonitorio. ¿Será que ya lo tenía cargado en los genes?

Preguntar. Me merece una importancia máxima detenernos en reflexionar qué ocurre cuando preguntamos y por qué preguntamos. Hace unos días, un amigo muy cercano (tanto, que hasta tuve una relación sentimental con él en el pasado) me expuso su nueva situación familiar: sus padres se separaron. Y al mismo tiempo que contaba detalles acerca del panorama resultante, compartió conmigo determinadas preocupaciones personales.

Conozco bien a mi amigo cercano, conocí en aquella época a su familia y ellos me conocieron a mí. Vivimos situaciones personales claves: fui la primera relación de mi amigo cercano, fui el 'causante' (involuntario) de que él saliese del armario, y compartimos distintas situaciones familiares claves, donde yo estuve presente. En otras palabras: el vínculo que me unía a su familia era patente; y ahora, con el paso del tiempo, si bien ya no existe de la misma forma que entonces, sí existe el interés, el recuerdo y el cariño para ellos.

Cuando acabó su exposición, pregunté todo aquello que no supe acerca de su nueva situación familiar y del futuro de la misma. Algunas preguntas, muy personales.

Entonces, ¿cuál es el límite considerado como 'correcto' a partir del cual deberíamos dejar de preguntar? Y, sobre todo, ¿es sana una amistad donde alguno de los interlocutores reprime preguntas?

El miedo a preguntar existe en determinadas ocasiones por el riesgo de una respuesta desairada. En sólo una ocasión tuve un problema, y fue al preguntar por la economía de una persona, de forma muy sutil, mientras hacía ostento permanente de un ritmo de vida lo suficientemente elevado como para despertar la curiosidad de cualquiera.

Creo firmemente que la confianza basada con el interlocutor es la única herramienta capaz de detectar, a ambos lados, si la pregunta está basada en el interés personal o, por el contrario, en el cotilleo barato. Se puede incrementar la intensidad de la pregunta sólo si la confianza, si el vínculo, es lo suficientemente fuerte. Y si es lo suficientemente fuerte, todas las preguntas deben ser clasificadas automáticamente en el sano interés personal: interés por conocer más y mejor a la persona.

Las preguntas no son buenas o malas, sino la intención del que las formula. Y en ese sentido, alguien que te quiere, no cabe pensar en una mala intención ni en dilucidar si la pregunta se trata del cotilleo barato, sino en el interés que despiertas. Preguntar es reparar en detalles, y en ese sentido, por el mero hecho de despertar esa curiosidad, es un elogio que debe valorar el entrevistado.

¡Sed buenos!

No hay comentarios:

Publicar un comentario