martes, 9 de junio de 2015

Pedro Zerolo, siempre

No es fácil añadir algo a los muchos y muy merecidos elogios que, en estas pocas pero largas horas, hemos escuchado sobre Pedro Zerolo.

Tuve el honor de conocerlo en una feliz etapa de mi vida en la que yo asumía algunas responsabilidades al frente de organizaciones de colectivos LGTB. Por aquel entonces -año 2004 y siguientes-, la sociedad no era la que es hoy. Asumíamos la recta final de un objetivo, la conquista de nuevos derechos, con ilusión y coraje a partes iguales. Pedro, que podía haber elegido un camino mucho más fácil, cómodo y rentable -como abogado-, eligió el campo de batalla a nivel raso para luchar y convencer a Rodríguez Zapatero que debía plantear y aprobar -con la palanca de la mayoría absoluta- una ley que igualase a las personas homosexuales en mismos derechos que el resto de la sociedad. Y fue del todo emocionante, un momento en el que el gran estreno de los derechos olía a nuevo.

Era cariñoso, atento, humilde. Sobre todo, humano. Compartimos conversaciones y mesa de trabajo en algunos proyectos. Sabía escuchar como pocos dirigentes políticos y sabía entablar un diálogo constructivo, sin imposiciones.

Quienes me conocen, saben que siempre he defendido que la política que se ejerce en estas organizaciones debe ser siempre seria, porque lo que hay en juego y nos afecta es igualmente serio. Sin aspavientos, con tranquilidad, pero con tenacidad. Desde la educación, que es la mejor medicina para la cura de la homofobia, hasta las propuestas de carácter legislativo que blindan los derechos de las personas, por ser personas, sin distinción de a quien uno pueda amar, porque nadie es más que nadie.

Ahora, con el análisis que sólo se puede hacer una vez ha pasado este tiempo, podemos afirmar que esa lucha valió la pena. El trabajo de Pedro, con el apoyo y trabajo conjunto del resto de engranajes (personas anónimas que hemos contribuido a remar en la misma dirección), es todo un ejemplo. Ha redundado en la felicidad de muchas familias (unos 40.000 matrimonios homosexuales), y a nosotros, en presente y futuro, nos deja la elección, como sinónimo de opción, sin obligación, pero de derecho, de poder hacerlo.

Es triste cómo una persona que ha dado su vida por dar más y mejor vida a los demás, valga la redundancia, haya tenido una vida más breve de lo esperado. Sin duda, la mejor herencia que su marido recibirá del hombre al que amó es ver cómo germinan las semillas de su lucha conjunta por hacer de España un país pionero en los derechos sociales.

Cuando somos valientes, acertamos siempre.

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